Así fue que pude llegar a Chile (I)
- 26 jul 2018
- 3 Min. de lectura
Tres largos y –a la vez- cortos meses han transcurrido desde la instalación de mi cuerpo y mente en Santiago de Chile. Debo decirles que a veces siento que soy un turista más y no un emigrante, primero, por tantas añoranzas y, segundo, por esa sensación de sentirse ajeno en una nación en la que hasta el frío es un desconocido.
A lo largo de estos 90 días no había querido compartir de forma tan amplia esta experiencia que comencé a vivirla el 15 de abril cuando decidí dejar Venezuela. Como mi historia, hay miles y fue quizás por eso que no quería “aburrir” con una bitácora más impregnada de drama. Sin embargo, esta transición me ha enseñado que cada historia es distinta, porque cada ser humano la escribe a su manera.

Cerro Santa Lucía, Santiago Centro.
Es por ello que en este primero de varios artículos expondré mis peripecias como emigrante, precisamente desde que salí del estado Falcón para huir de mi país.
La huida
Un viaje planificado desde hacía un año, se había concretado en menos de tres meses. Para algunos, mi viaje por escalas en avión era el soñado, ya que no viviría los traumas del transporte terrestre de cinco y siete días hasta Perú, Chile o Argentina.
Como era de esperarse, el efectivo y ubicar bus hasta San Cristóbal fue toda una odisea, al punto de tener que salir de mi región por Coro y no por Punto Fijo, lugar donde vivía (Distancia entre ambos: 1 hora).
El cometido tuvo lugar el 15 de abril, un domingo cualquiera, y aunque se suponía el bus debía iniciar su viaje a la 1pm, no fue sino hasta las 4pm que les dio la gana de arrancar. (No vale la pena ni nombrar a la mediocre línea y sus incapaces encargadas).
Así iniciaba mi largo viaje hasta el Táchira, a donde nunca había ido y que tristemente vería solo en mi huida del país. ¿Qué ironía no?
Y fue así pues que llegué a la tierra de los gochos a las 8am del día siguiente, para luego dejar el bus en la terminal de San Antonio del Táchira a eso de las 11am, luego de una larga revisión y ganas de joder de la GNB, expertos en disfraza el “robar” en “decomisar”. Y si lo digo es porque lo vi.
Desesperado por ya dejar atrás tanta miseria e incertidumbre, (parecida a la vivida en esa avenida de la frontera en San Antonio en donde no sabes si te van a robar o a matar a pesar de la presencia de los GNB) llegué al incompetente y lento Saime. Una fila de alrededor de 300 personas delante de mí aguardaban para sellar su pasaporte, pero la espera valía la pena.
Dos horas o un poco más, estaba pisando otra nación por primera vez. Allí la cola era igual o peor que la del Saime, pero muchísimo más RÁPIDA.
Mientras tanto, el ambiente comercial de ese lado (Cúcuta) te confundía mucho. Todo estaba ligado y no sabías quien era venezolano o colombiano. En fin, a las 2:30pm de ese lunes ya estaba listo para pasar mi primera y única noche en Cúcuta, ya que mi viaje por avión registraba las 2:05pm del miércoles con salida desde Bogotá.
Para hacer más corto este primer post me ahorraré los comentarios de mi estadía en Cúcuta ya que si bien no fue la peor, tampoco fue maravillosa. Lo que sí puedo comentarles es que una vez con pasaje hasta Bogotá, abordé el autobús a las 10pm del martes, un largo viaje en el que no faltaron los mareos y nauseas, y en el que veía como cada vez me despegaba más de mi familia y amigos en Venezuela.
El incidente que marcó mi viaje
Luego de 15 horas de viaje y con el tiempo en contra para abordar el avión hasta Perú, llegábamos a Bogotá, pero seguíamos lejos del Dorado. Y es en este punto en el que pienso que posiblemente los “astros y señales cósmicas” no querían que me subiera ese día a ese avión, pues, repentinamente el bus tuvo un ligero accidente con otro vehículo en plena autopista en la que su chofer me tuvo retenido por una hora sin posibilidad de bajar, retirar mi maleta y poder tomar un taxi para no perder mi vuelo.
Así fue.
Ha sido, hasta ahora, de mis peores experiencias. Había perdido un vuelo y por consecuencia perdería el de Perú, pautado para el jueves por la mañana.
Finalmente, a eso de las 3:30pm recién llegábamos a la terminal de Bogotá y allí estaba, solo y casi desesperado. Créanme que vi pasar ante mis ojos toda mi vida en Venezuela…
La segunda parte de esta historia en el próximo post. Gracias por leer.
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